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La bondad de la bondad

Dice Javier Cercas:

Hay que desconfiar de quienes alardean de bondadosos. La virtud siempre es secreta y el énfasis en la bondad delata al canalla

A principios de octubre contaba Marc Bassets, corresponsal de este periódico en Washington, que en 2012 el Pew Research Center preguntó en un sondeo con qué palabra se asociaba a Joe Biden, actual vicepresidente del Gobierno estadounidense y por entonces aspirante a candidato demócrata a la Casa Blanca; la palabra más citada fue “bueno”, pero la segunda fue “idiota” (otras fueron “payaso” e “incompetente”). No me extraña. Mi maestro Joan Ferraté contaba que cada vez que en Reus, su patria chica, se decía de alguien que era una buena persona, de inmediato se añadía: “¡Un infeliz!”. Así se explica que Antonio Machado, antes de incurrir en la temeridad de definirse a sí mismo como un hombre bueno, tuviera la prudencia de advertir, célebremente, que sólo lo era “en el buen sentido de la palabra”. Se veía venir: a finales de octubre Joe Biden anunció que renunciaba a la posibilidad de ser el candidato demócrata a la Casa Blanca. Se veía venir: en nuestro tiempo un hombre bueno es un idiota y un infeliz.

¿Sólo en nuestro tiempo? Yo diría que la bondad siempre ha tenido una pésima fama; una prueba es que, al menos en la ficción, los malos siempre nos han interesado mucho más que los buenos: donde esté un Ricardo III que se quiten todos los tío Tom del mundo. Claro que una cosa es la ficción y otra la realidad, y que quizá los malos de ficción nos fascinan porque en secreto queremos descubrir cómo funcionan, para poder protegernos de ellos. Casi sobra decir que es falso el cliché acuñado por André Gide según el cual con los buenos sentimientos no se hace buena literatura: la buena literatura se hace con los buenos sentimientos, con los malos y con los mediopensionistas. Es verdad, sin embargo, que en la buena literatura abundan más los malos que los buenos –aunque lo que sobre todo abunda son los mediopensionistas–, pero eso no significa que los buenos sean menos interesantes que los malos; tampoco significa, por cierto, que el bien sea más complejo que el mal: contra lo que suele repetirse, Hannah Arendt nunca dijo que el mal fuera banal; lo que dijo que era banal son las personas que, en los estados totalitarios, hacen el mal. Sea como sea, hay que desconfiar de quienes alardean de bondadosos; por una razón: porque la virtud es siempre secreta –si no es secreta no es virtud– y el énfasis en la bondad delata al canalla. Es uno de los problemas de la izquierda: sus pretensiones de superioridad moral. Hace poco pasé una semana en Venezuela, donde un Gobierno que presume de izquierdista se enmascara tras una retórica revolucionaria y emancipatoria para saquear el país, perpetuarse en el poder y pisotear a la oposición, todo ello con la complicidad de parte de la izquierda internacional, ciega a la evidencia de que en Venezuela no luchan la izquierda contra la derecha sino quienes han instalado una cleptocracia semitotalitaria contra quienes aspiran a una democracia razonable. En cuanto a la derecha, en general parece creer que basta denunciar la corrección política para acertar –como si la incorrección política no se hubiera convertido ya en otra forma de corrección–, y en España ha creado un término espantoso, “buenismo”, para referirse a aquellos progresistas idiotas que, tanto si se trata de los inmigrantes como de la desigualdad económica, seguimos creyendo que lo mejor es atenerse a los viejos valores de libertad, igualdad y fraternidad, aunque seamos conscientes de que son contradictorios entre sí, de que no es posible tenerlos todos al mismo tiempo y de que por lo tanto no queda más remedio que buscar un cambiante equilibrio entre ellos.

Pero estábamos hablando de moral, no de política, aunque ya se sabe que es imposible hablar de moral sin hablar de política (y viceversa). O quizá es que, desde el punto de vista de la moral, sobre la bondad en el fondo hay poco que decir, salvo lo que todos sabemos, y es que, pese a su fama pésima, es la culminación de todas las virtudes, la más difícil y la más escondida. Bioy Casares, un escritor que juzgaba la maldad como una forma de idiotez que conduce a la desdicha, lo dijo mucho mejor: “Admiro la lucidez, pero prefiero la bondad. Acaso porque veo la maldad como deficiencia, tiendo a suponer que la bondad es el resplandeciente resultado de virtudes y talentos”

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